La situación actual de los caminos rurales puede describirse con una imagen simple: estamos dentro de un pantano lleno de cocodrilos.
El pantano es el sistema. Los cocodrilos son los intereses que, por distintos motivos, se alimentan de que nada cambie.
Productores que pagan y no reciben el servicio esperado. Municipios que administran recursos insuficientes o mal asignados. Contratistas que encuentran más rentable reparar permanentemente que resolver definitivamente. Estructuras burocráticas que consumen recursos. Dirigentes que administran emergencias en lugar de planificar soluciones. Todos forman parte de un esquema que, con matices, ha terminado naturalizando el deterioro de la red vial rural.
Mientras discutimos quién tiene la culpa, el camino sigue hundiéndose.
El problema es más profundo de lo que parece. Durante décadas hemos confundido mantenimiento con conservación. Hemos creído que mover tierra era mantener caminos cuando, en muchos casos, estábamos acelerando procesos erosivos que destruyen lentamente la infraestructura.
Las banquinas desaparecen. Las cunetas se transforman en zanjas profundas. Los caminos se convierten en canales de escurrimiento. El agua aumenta su velocidad y capacidad destructiva. Los alambrados se descalzan. Los postes se inclinan. Los vehículos corren riesgos crecientes. Y cada año se necesita más dinero para obtener peores resultados.
El sistema se acostumbró a trabajar sobre las consecuencias y no sobre las causas.
Por eso el debate no debe centrarse únicamente en cuánto recauda una tasa vial o cuántas máquinas posee un municipio. La verdadera discusión es si el modelo vigente sirve para conservar caminos o si simplemente administra su deterioro.
La experiencia internacional demuestra que existen alternativas. Países como Australia han evolucionado hacia sistemas de gestión sostenible que consideran el comportamiento del agua, las características de los suelos, la cobertura vegetal, la estabilización progresiva de la red y la planificación de largo plazo.
La Argentina necesita iniciar ese mismo camino.
Pero el cambio técnico debe estar acompañado por un cambio institucional. Los fondos destinados a la infraestructura vial rural deben contar con mecanismos que garanticen transparencia, eficiencia y aplicación específica. Los productores deben poder conocer cuánto se recauda, en qué se gasta y cuáles son los resultados obtenidos.
También es necesario superar las estructuras aisladas y avanzar hacia esquemas de cooperación regional, donde los caminos sean entendidos como corredores productivos que integran territorios y economías, y no simplemente como límites administrativos entre municipios.
Salir del pantano exige decisión política, diagnóstico correcto y valentía para enfrentar resistencias.
Porque el principal problema de los caminos rurales no es la falta de recursos.
El principal problema es un sistema que aprendió a convivir con el deterioro y que muchas veces encuentra más cómodo administrar el problema que resolverlo.
Y mientras eso ocurra, los cocodrilos seguirán defendiendo el pantano.-
Por Juan P Borioni






























