Malbec de viñedos centenarios, Criolla Chica, Semillón, Bonarda y Cabernet Franc son parte de una recorrida por etiquetas que muestran cómo la vitivinicultura mendocina amplió sus horizontes y encuentra nuevas formas de expresar el origen, los suelos y la identidad de cada lugar.
Durante mucho tiempo hablar de vino mendocino parecía conducir inevitablemente a los mismos lugares: Malbec, altura y algunas pocas regiones que concentraban buena parte de la conversación. Nada de eso perdió importancia, pero alcanza con mirar lo que hoy llega a la copa para descubrir que el mapa se volvió bastante más amplio.
La vitivinicultura mendocina atraviesa un momento particularmente interesante. Conviven viñedos históricos con proyectos que buscan entender cada parcela con mayor precisión; variedades que durante años ocuparon un segundo plano recuperaron protagonismo y zonas tradicionales volvieron a ser observadas con otros ojos. Al mismo tiempo, el conocimiento sobre los suelos, las distintas formas de crianza y una búsqueda cada vez más precisa del origen abrieron caminos que hace algunas décadas resultaban difíciles de imaginar.
También cambiaron muchas de las conversaciones alrededor del vino. Hoy importa saber de qué lugar proviene una botella, pero también qué sucede dentro de un mismo viñedo.
Volvemos a hablar de plantas centenarias, de variedades que durante años estuvieron prácticamente olvidadas y de regiones históricas que demuestran que todavía tienen mucho para ofrecer. Y mientras todo eso sucede, nuevas generaciones de consumidores comienzan a descubrir que el vino argentino puede adoptar formas muy diferentes sin necesidad de alejarse demasiado en el mapa.
Incluso el Malbec, omnipresente en Mendoza, dejó hace tiempo de ofrecer una única lectura.
Una misma variedad puede mostrar perfiles completamente distintos dependiendo de dónde esté plantada, de la edad de las plantas o de las decisiones que se tomen durante su elaboración. Quizás ahí se encuentre una de las partes más atractivas del momento actual: cuanto más creemos conocer al vino mendocino, más razones aparecen para seguir explorándolo.
Los diez vinos elegidos para esta recorrida permiten asomarse a una parte de esa diversidad.
Hay Criolla Chica y Bonarda, Cabernet Franc y Semillón; hay Malbec proveniente de viñedos viejos, diferentes tipos de suelo y lugares tan distintos como Las Compuertas, Vistalba, Barrancas, Vista Flores o Gualtallary. También hay cinco bodegas con historias, tamaños y maneras diferentes de entender el vino.
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